Un documento inédito acerca de la invasión inglesa a las Islas Malvinas acaba de ser encontrado en Tucumán. Se trata de una carta firmada por Juan Ramón Balcarce y Manuel Maza, dirigida al entonces gobernador tucumano, Alejandro Heredia. La misiva que data de enero de 1883, cuenta punto por punto el desembarco ilegal de los buques ingleses a Puerto Soledad.

La carta oficial de cuatro hojas hallada este jueves está fechada el 26 de enero de 1883. Y fue enviada pocas semanas más tarde de que se produjera el desembarco del Reino Unido en Malvinas.

El escrito reconstruye los hechos a partir del parte elaborado por José María Pinedo, comandante de la goleta Sarandí, que se encontraba en las islas al llegar la corbeta británica HMS Clio.

Desde las primeras líneas, el gobernador de Buenos Aires deja asentada su postura frente a lo ocurrido. Allí, el gobierno expresa el “disgusto” que le produjo conocer la acción británica y la describe como una situación de “violencia y abuso de la fuerza en las Malvinas”, que consideraba realizada “en deshonor del Pabellón Argentino” y en perjuicio de “la integridad del territorio de la República”.

El documento deja expuesto además sobre el desconcierto de las autoridades nacionales frente a la conducta invasiva de los británicos.

La ocupación ilegal por parte de las fuerzas inglesas ocurrió el 3 de enero de 1833, y por lo que describe el documento es un fiel reflejo de lo que se vivió en Buenos Aires en ese momento.

Según reza en el escrito, la invasión fue encabezada por el comandante británico John Onslow, al mando de la corbeta HMS Clio, quien ordenó arriar y retirar la bandera argentina de las Islas.

Los dichos en la carta son tajantes: Onslow se trasladó a bordo de la goleta Sarandí y le comunicó a Pinedo que había llegado hasta allí para tomar posesión de Malvinas.

El comandante británico le ordenó que debía arriar el pabellón argentino y que los soldados, oficiales y habitantes que se encontraban en las Islas debían ser trasladados. Y lo intimó a que “tenía sólo 24 horas para hacerlo”.

Pinedo rechazó inicialmente la exigencia británica sin recibir instrucciones expresas de su Gobierno. De hecho, en la carta se señala que realizó los “protestos correspondientes al caso” y manifestó que su deber no le permitía consentir aquella acción.

Una de las partes más fuertes del relato, el gobernador bonaerense describe la situación como “un acto de fuerza” cometido por una nación que hasta entonces había mostrado una conducta amistosa hacia la Argentina.

Ante esa situación, el comandante de la Sarandí dejó constancia de que responsabilizaba a Gran Bretaña por lo que consideraba “una violación de los derechos argentinos”.

En la carta, Balcarce cuenta que Pinedo finalmente abandonó el archipiélago, pero que antes ordenó que no se arriara el pabellón argentino y dejó instrucciones precisas para que el establecimiento quedara bajo la responsabilidad de Juan Simón.

Poco después comenzaría el desembarco británico. Según se resalta en el escrito: “tres botes de la Clio llevaron personal hasta Puerto Soledad. Los hombres izaron allí el pabellón británico y procedieron a arriar el argentino, que posteriormente fue llevado a bordo de la Sarandí”.

El documento encontrado se transforma en un testimonio contemporáneo de la reacción argentina ante la ocupación intempestiva de los ingleses y permite reconstruir la posición diplomática asumida por las autoridades de ambos países, que hasta ese momento se consideraba como “amistosa”.

Ahora, dicho escrito quedó incorporado al patrimonio documental conservado en Tucumán. Y dicho hallazgo permite recuperar un testimonio en primera persona sobre lo que ocurrió por entonces.

Oficio oficial de Buenos Aires dirigido a la Provincia de Tucumán sobre los sucesos de las Islas Malvinas (26 de enero de 1833):

​Buenos Aires, enero 26 de 1833

Año 24 de la Libertad y 18 de la Independencia.

​Al Señor Gobernador y Capitán General de la Provincia de Tucumán

​Si grande ha sido por el Gobierno de Buenos Aires el disgusto que ha tenido con la noticia de la violencia y abuso de la fuerza en las Malvinas, ejecutado por un buque de guerra de S. M. B. (Su Majestad Británica), en deshonor del Pabellón Argentino, en ofensa de la integridad del territorio de la República, y con agravio de sus derechos, de su justicia, y de la fe debida a las relaciones de amistad y buena inteligencia cultivadas sin interrupción con el Gabinete de San James (Londres), no es menos el que tiene al hacer partícipe de él al Señor Gobernador de Tucumán, poniendo en su conocimiento la nueva escandalosa agresión que ha cometido sobre las Islas Malvinas un Comandante de la Marina inglesa, más notable aún por las recíprocas relaciones y tratados de amistad y comercio entre ambos Estados, que la que en el año anterior cometió otro Comandante de marina de una Nación amiga, la de Estados Unidos de la América del Norte.

​El 15 del corriente día fondearon en estas balizas exteriores la goleta de guerra Sarandí, de regreso del Puerto de San Luis de la Soledad en las Malvinas; en seguida su comandante Don José María Pinedo ha dado parte de haber regresado antes de recibir órdenes por ello, a causa de que el 2 del corriente, habiéndose presentado en la Isla de la Soledad la corbeta de guerra de S. M. B. Clio en circunstancias que por la insubordinación de unos pocos de la guarnición había desaparecido el jefe del establecimiento y trastornado allí el orden, a cuya reparación se ocupaba el comandante de mar cuando, al recibir toda Clio (el buque británico), dispuso que pasando a su borde dos de sus oficiales, le hiciesen los correspondientes ofrecimientos de atención y amistad; y habiendo regresado estos, diciéndole que Mr. Onslow, comandante de la corbeta de S. M. B., disponía a pasar a bordo de la goleta Sarandí, en efecto lo verificó como a las 3 de la tarde del mismo día, acompañado de dos de sus oficiales, y entrando en conversación con el comandante de la Sarandí, manifestó a este que venía a tomar posesión de las Islas Malvinas, y fijando en S. M. B. y sus órdenes terminantes, le imponía en arriar en ellas el Pabellón inglés dentro de 24 horas, conforme lo había practicado en otros puntos de las propias colonias, y dar pasaje en un buque a la tropa y oficiales que allí se hallan, lo mismo que a los demás habitantes que hubiesen, haciendo su carga con lo pertinente a Buenos Aires; en cuya virtud añadió Onslow al siguiente día el Pabellón argentino, que flameaba en tierra, y que debía dejar cumpliendo las dos órdenes que se le habían comunicado.

​La sorpresa del comandante Pinedo en aquel acto fue tan natural como inesperada la agresión y violento despacho que la motivó, al considerar que un torpe atentado sea cometido por una Nación amiga, y proastra que ha hecho siempre alarde de su fidelidad y moderación, y que no ha podido oportunidad de manifestarnos la cordialidad de sus sentimientos amistosos de la República Argentina. Sin embargo, después de hechas las debate al comandante Onslow los protestos correspondientes al caso, y de esperarse que ambos Estados se hallaban en perfecta amistad, esa soberanía estimando tal padecimiento, le manifestó que su deber no le permitía consentir en tan injusta partición, sin recibir para ello expresas órdenes de su gobierno. Entonces Capitan Onslow se despidió diciendo al comandante Pinedo la contestación por escrito.

​En efecto, como a las 4 de la tarde del día 2 recibió el referido comandante la nota, cuyo contenido se acompaña en copia. En vista de la intimación y continente, queriendo resistir a todo trance, encontró con dificultades que consideró insuperables y resolvió mandar una comisión que a nombre del gobierno reprodujese a Mr. Onslow las protestas anteriores, y le manifestase que si la fuerza tentaba llevar adelante su proyecto, se vería precisado a resistirle, y que por lo mismo esperaba se quisiese diferir hasta que el gobierno le demarcase la línea de conducta que debía observar. Eran pasadas a la sazón las diez de la noche, y la comisión regresó a bordo de la Sarandí, sin haber obtenido hablar con el Comandante Onslow.

​En este estado, después de haber el Comandante Pinedo propuesto con superiores dificultades, y haciendo su concepto eficaz la más denodada resistencia, a satisfacer de nuevo en ella, y en la mañana del día 3 a las 6 se fue personalmente a bordo de la corbeta Clio, y protestó por última vez a su Comandante contra la violencia que intentaba cometer; este le contestó en el mismo sentido de la nota en copia, preguntándole si no podía diferir la ejecución de las órdenes que había recibido para apoderarse de las Malvinas, y que sus fuerzas eran las que veía, y que además esperaba otras por momentos, y que en esta inteligencia podía obrar como le pareciera. Inmediatamente se separó el Comandante Pinedo, haciendo responsable a la Gran Bretaña del insulto y de la violación de los respetos debidos a la República y a sus derechos, que a la fuerza eran atropellados tan sin consecuencia y misimiento (miramiento), y iba por todo a retirarse porque el pabellón de tierra no lo arriaba.

​En efecto, vuelto el Comandante Pinedo a su buque, entre las medidas que tomó antes de hacerse a la vela fue una la de prohibir en la Isla que se arriara el Pabellón Argentino, encargando el comando de ella por escrito al capataz del establecimiento Don Juan Simon, que iba a quedarse con algunos más.

​A las 9 de la mañana del 3 se desembarcó por la punta del Puerto de San Luis gente de mar y de tierra en tres botes de la corbeta inglesa, y colocando un misterio en la casa de un inglés distante de la de la comandancia como cuatro cuadras, izaron allí el Pabellón Británico y pasaron a arriar el argentino que flameaba en tierra, viniendo en seguida a la Sarandí un oficial con él de entregusto de entrega. En el día estuvo listo el Comandante Pinedo para defenderse del sitio del insulto, mas tuvo que permanecer todo el tiempo permitido el tiempo salía hasta el 5 a las 4 de la tarde, en que se hizo a la vela.

​Los hechos según los transmite el Gobierno de Buenos Aires al de Tucumán, conforme al parte oficial dado por el Comandante de la goleta Sarandí, auditan el agravio más chocante de la fuerza; y desmienten las protestas amistosas que estaba acostumbrado a recibir de una Nación con la cual se ha esmerado en mantener la mejor inteligencia, cumpliendo religiosamente por su parte los deberes que le imponían los tratados existentes y prestándose a generosas indulgencias en obsequio de la amistad más sincera. Las copias número 2, 3 y 4 se pondrán al Señor Gobernador de Tucumán al cabo de los pasos que ya ha dado el Gobierno de Buenos Aires en este íntegro y delicado asunto; y también de la firme resolución en que se halla de sostener los derechos de la República Argentina, y de no transcender con mengua de la razón y del honor nacional, promoviendo cuanto la justicia y la prudencia aconsejan en estos casos, para obtener del Gobierno Británico una digna reparación, el reconocimiento del derecho sobre las Malvinas, y el uso del dominio en aquel territorio; y cuando esto no bastase, poniendo entonces en acción los medios oportunos para que la opinión pública pronuncie un fallo, que no es indiferente al crédito de un Gobierno como el de la Inglaterra y tiende hoy a alinearse entre los más liberales y cultos de la Europa.

​Dios guarde al Señor Gobernador de Tucumán muchos años.

Juan Ramon Balcarce – Manuel Maza

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